13 Noviembre 2017

Libertad y poder

Libertad y poder

Una pareja es un contrato vital entre dos. Un proyecto de vida que iniciamos con intención de que perdure. El paso del tiempo puede hacer que las cosas cambien y tengamos que ir reajustando objetivos, como dice un amigo mío; una relación es un huerto que hay que cuidar día a día, si no lo hacemos puede ocurrir que luego ya sea demasiado tarde para recuperarla. También puede pasar que la relación empiece a ir mal, a distanciar a sus componentes. Entonces habrá que dialogar y replantear que espera y que quiere o puede dar a cambio cada uno.

Dialogo es escuchar al otro, ponerse en su lugar e intentar comprenderlo y con ello llegar a compromisos que se irán adaptando en el tiempo. Quien piense que los compromisos son inamovibles anda fuera de juego. Evidentemente se trazan líneas para ayudar a nuestra mente a no perderse, pero basta con mirar el ayer y el hoy para comprender que todo cambia poco a poco, hubo un momento en que la tierra era plana, Mahoma no había nacido, américa no existía, los libros se escribían uno a uno e internet no había llegado. Tal vez el mundo moderno va demasiado deprisa, quien nació a principios o a finales del siglo XX  a vivido en dos planetas distintos. Interesante a ese respecto ha sido el discurso de Donald Tusk (Presidente del Consejo Europeo) en los premios Princesa de Asturias, al recordar cuando él y Adan Zagajewski (premio de poesía) pertenecían al sindicato Solidaridad y estaban en el lado de la clandestinidad y de la ilegalidad.

Desgraciadamente muchas veces no se dialoga. Se discute, se levanta la voz para tener más razón, se impone nuestro ego, y ya si no hay más remedio se negocia, pero negociar no es dialogar. Sí sabemos, y dialogamos, y elegimos, somos libres. Lo contrario; no elegimos, no dialogamos, no sabemos, es la ley de la jungla, del más fuerte, del poder.

Cuando la relación en algunas parejas va de mal en peor llega un momento en que hay que rescindir el contrato, por desgracia y si ya hemos agotado todas las demás soluciones. La separación es siempre traumática para los dos, pero a veces se agrava cuando una de las partes no quiere soltar y recurre a las coacciones, al chantaje o a la violencia.

La violencia surge cuando ya no hay argumentos, o no sabemos buscarlos, y queremos mantener nuestro estatus a cualquier precio. Evidentemente surge porque tenemos un cierto poder. Cuando el otro tiene poco poder (por ejemplo una mujer, o un hombre, sola, o solo, sin recursos) lo podemos incluso ignorar o despreciar. Pero sin embargo si vemos peligrar lo que queremos a toda costa, podemos llegar a usar todas las deplorables estrategias disponibles, hasta la violencia física. Muchas veces nos sorprende el oír ciertas noticias de que en pleno siglo XXI y en una sociedad supuestamente civilizada exista tanta violencia física, pero es que desgraciadamente para cuando no hay razones la violencia es el recurso. Con la violencia física intentamos vengarnos y rebajar a nuestro contrincante (va más allá de solamente vencerlo). Al rebajar y humillar más al otro lo convertimos en menos persona, es menos que nosotros,  y así es como nosotros que somos más persona tenemos más razón.

Lo que le pasa a una pareja le puede pasar también a una familia, un grupo, una ciudad o a un estado.  

Los últimos acontecimientos nacionales nos están demostrando que en este país no sabemos dialogar. Que el estado, que es quien debería velar por la libertad y el dialogo de los ciudadanos, a demostrado una ausencia total de previsión y de estructuras para canalizar el debate –un asunto de fondo complejo se ha reducido a un sí o un no, con ganadores y perdedores, con los consiguientes riesgos sociales a corto y largo plazo– y finalmente a actuando en el último momento y mal, es decir aplicando el poder, no la razón. Pero esto solo demuestra el problema de fondo de la democracia española: el dominio de una prepotente y mediocre clase política. Sí, elegidos por los ciudadanos, pero que enseguida se erigen en intocables (en señores y señoritos, el señorito aún es peor, el señor hace lo que cree adecuado para su patrimonio, el señorito solo es una pose imitativa del señor), claro ejemplo de ello son todos los casos de corrupción que existen y que parecen impunes. Son  políticos abogado/administradores (de los cuales ya nos advertía de su peligro el filosofo francés André Comte-Sponville) que nunca han estado en el mercado laboral y que no poseen contacto con la realidad de la calle, se tendría que consultar mucho más al ciudadano, este debería controlar más a los políticos, y realizar más referéndums con temas de interés, como por ejemplo: si tiene sentido que en las democracias del siglo XXI exista la figura de la realeza. Y finalmente estos políticos con su chapucería y desidia, que en lugar de solucionar agravan los problemas sociales, hacen perder toda credibilidad a las instituciones del estado que quedan en una neblina de manipulación, con lo cual todos dejamos de confiar en ellas.

El ciudadano de a pie es quien pagará, como siempre, tanto despilfarro y tanta herida gratuita. Desde luego los políticos de este país no saben realizar su trabajo, cualquier otro trabajador estaría en el paro hace tiempo, solo saben aplicar de mala manera un poder, que además no es suyo, para preservar su butaca. Las heridas que abran las arrastraremos mucho tiempo, tal vez doblegarán al ciudadano pero en ningún momento su garrulería habrá contribuido a que sepamos ser más libres y menos esclavos.