18 Junio 2017

Jep Gambardella

Jep Gambardella

Quiero ser Jep Gambardella. No se trata de ningún alpinista estadounidense de padre italiano, sino de un personaje de ficción de 65 años, protagonista de una película soberbia titulada La Gran Belleza. Si no la han visto, peor para ustedes. Sólo deseo que no hayan preferido quedarse en casa viendo en el ordenador vídeos de escalada y similares. Después de leer esto, muchos desearán también ser Jep Gambardella, pero yo lo manifesté primero. No lo olviden. Los que esperen encontrar en las siguientes líneas una mínima referencia, alusión o metáfora acerca del alpinismo, pueden dejar de leer.

Sin embargo, la vida de Gambardella resulta tan adictiva como la de un alpinista de altura. Como la existencia de Walter Bonatti, curiosamente con un nombre de pila que nos remite directamente a su muy italiano apellido. Jep, periodista de la alta sociedad, escribió un libro en su juventud que le abrió las puertas de la fama y los pasillos de la élite artística de Roma. Quedó, desde entonces, atrapado sin remedio en las redes del hedonismo: fiestas y mujeres. En cantidad, ambas. Su vida arranca por la noche, en cualquier fiesta de alcurnia, la música tronando, la alegría desbocada, el alcohol fluyendo y las horas consumiéndose en un frenesí que decae al amanecer y lleva a nuestro protagonista a recorrer la incomparable Roma reflexionando acerca de una vida tan excitante como, en cierta forma hueca. O en la cama, acompañado.

Como es apuesto, seductor, carismático y libre, es el alma de las fiestas, una referencia, alguien capaz de armar o destruir reputaciones. Alguien poderoso desde su belleza y escritura. En su juventud, la única mujer que amó lo abandonó sin motivo. O se llevó los motivos para casarse con un hombre anodino al que nunca quiso. Fue entonces, quizá, cuando Gambardella abrazó el sendero de la renuncia al compromiso, es decir a cualquier forma de fidelidad. Por ahí se fue por el retrete cualquier atisbo de vida ordenada en familia, de estructura en sus relaciones. Ni mujer ni hijos. Ni amigos para toda la vida. Libertad. El desenfreno de su existencia le lleva a moverse entre un sinfín de personas, todas relaciones tan cínicas como epidérmicas. Apenas uno o dos amigos dignos de llamarse así: quien se ocupa de uno mismo no tiene hueco para la complejidad de las vidas aledañas. Hacerlo es, de hecho, contraproducente ¿Para qué cargar con alguien si la vida es breve y puede disiparse entre risas y goce? ¿Y qué más da que no quede huella de la diversión, o que ésta sea etérea? Las drogas son así, y por eso hay tanto adicto. Entre camas ajenas, esplendor y decadencia, copas y paseos, bailes y conversaciones afiladas, desapasionadas pero tremendas, Gambardella persigue la gran belleza. Quizá la encontró un día. Quizá la extravió. Quizá radica en el equilibrio inconsistente del placer. Quizá sea cuestión de vivir sin miramientos, sin metas absolutas, sin ideales de película de serie B. A lo grande desde lo pequeño.

Y pese a todo, pese al fasto moderno de las terrazas sobre el Coliseo, los tacones de aguja, los vestidos sugerentes, las bebidas fantasiosas y la música de moda, pese a ser un faro tan atractivo como cegador, Gambardella sabe que tiene un enorme hueco en la vida, puede que el vacío del éxito, el agujero del ser libre y ahora lo persigue deambulando, de nuevo, curioso por las calles romanas, preguntándose si acaso todo no ha sido una ilusión, si algo mereció la pena.

Oscar Gogorza